Incapacita e inmoviliza, la ciudad que excluye y condena

Al hablar de discapacidades o, como se conoce hoy en día, capacidades diferentes, aún persiste en el discurso social la pena y la lástima. También la admiración cuando, contra todos los obstáculos, las personas que poseen alguna de estas capacidades diferentes, en demostración de perseverancia y tenacidad, se destacan y alcanzan metas solamente pensadas para personas “sin discapacidades”.

Es lamentable que en nuestras ciudades y sociedades recurramos continuamente a esta estrategia compensatoria y no reparemos en lo verdaderamente condenable.  Cuando una ciudad se planifica y se construye, sin pensar en la totalidad de sus usuarios, es ésta la que incapacita e inmoviliza a quienes la  habitan, especialmente a aquellas personas que, por cualquier razón, poseen o han adquirido una capacidad diferente.

Por otro lado, es necesario pensar, como nos lo ha dicho uno de nuestros entrevistados, que todas las personas, en cualquier momento de nuestra vida, adquiriremos una condición similar. Sea por la edad, accidente, enfermedad u otra razón, cualquiera de nosotros, podríamos llegar  ser incapacitados e inmovilizados por una ciudad y por una sociedad que no se ha preparado ni física, ni mental, ni humanamente para acogernos  en esta condición.

Si bien este tipo de exclusión social y física se ha manifestado desde hace mucho tiempo, nunca es tarde para empezar a cambiar esta situación.  Desde los distintos ámbitos de nuestra competencia, desde que diseñamos y construimos nuestras casas, o intervenimos nuestras aceras, o estacionamos nuestros vehículos, o simplemente cuando caminamos por las calles, o subimos a un bus, tenemos la oportunidad de ser diferentes y reducir la incapacidad e inmovilidad de la que hemos sido, sin querer, cómplices.  También está, por supuesto, la posibilidad de movilizarnos y exigir políticas públicas, planes y programas más específicos y urgentes para hacernos la vida más llevadera para todos nosotros, para ahora y para el futuro.

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